lunes, 2 de marzo de 2015

"Las gaviotas ensangrentadas del verano"


Un poema sobre gaviotas asesinas y un niño con la cabeza de huevo, hecho sobre la arena de una playa de Malpica de Bergantiños.




El niño de la cabeza de huevo,
con sus ojos nebulosos y tristes
fue la primera de las víctimas.
Comía un helado de vainilla,
ante su vigoroso castillo de arena,
pensaba en la noria roja de la verbena,
cuando una gaviota  atacó su rostro.


Un asesino pico amarillo,
clavado en el cuello tostado,
del recolector de algas.
La sangre a borbotones, 
como un grifo abierto,
sobre los charcos abonados,
de la última resaca del mar.


La tercera víctima fue una anciana,
en la misma tarde de un agosto perezoso,
paseaba lentamente por la playa,
bajo prescripción médica.
Baños de sal para el reuma,
para sus piernas agotadas de tanta vida.
A traición, en su espalda cansada,
notó el escalofrío doloroso,
del animal que clavaba su espada.


El niño-huevo, 
el hombre de las algas verdes, 
y la fatigada pensionista, 
dieron la voz de alarma.
En los escombros del vetusto muelle,
la revolución de las gaviotas,
con agresividad engendranda.
Son aves esquizofrénicas. 
Están hambrientas de venganza.



Los aviones de carne y pluma
señores de los cielos,
rompieron los cristales del silencio;
mientras las mujeres, con sus manos,
sanaban las redes pesqueras,
con  agujas de plástico,
y  bebidas energéticas,
anunciadas en viseras rojas.


Barcos jubilados,
que jugaban al tute con el viento, 
cangrejos desnortados,
cautivos del destino incierto.
Hombres y mujeres, sobre toallas,
se merendaban el sol a rayos.
Y los primeros heridos,
señalados durante el vuelo.


Las gaviotas agredieron al verano,
que apacible sesteaba en la tumbona de la historia,
una sirena se desgañitaba, con su grito de alerta.
Carreras en la arena, almas asustadas,
con el temor de que sus cuerpos
bajo el cielo fueran fusilados.


Las casas amontonadas sobre la dársena,
se poblaron de gentes con sus miedos,
en las viviendas robadas al mar,
detrás de aquellas ventanas, ojos expectantes,
y periodistas en chalets alquilados,
Cámaras curiosas, micrófonos sedientos.


Los damnificados salieron en televisión,
rebasados por sus propias experiencias,
con s caras de tragedia,
mientras las gaviotas famélicas
rebuscaban en cutres papeleras.
Un solitario vagabundo,
abrazado a su botella de vino barato,
acostó sus negros sueños,
en la árida cama de suelo.


Con sus ojos ciegos, su piel desgarrada,
láridas flechas amarillas que lo mataban,
se le escapaba el aliento,
entre picotazos salvajes,
abriendo caminos en su carne,
regueros de odio, como sangre.


El niño de la cabeza de huevo fue testigo.
Con prismáticos de boy scout,
localizó el cuerpo mutilado del vagabundo,
entre un batallón de aves insaciables.
Pupilas inundadas, en la ventana,
rostro pálido y  lágrimas,
que llenaron los periódicos de la mañana.


Las gaviotas reinaban en la playa.
La costa se convirtió en un campo de batalla.
Expertos francotiradores con armas cargadas de frialdad,
ladrones de nidos, y constructores de trampas;
iniciaron la guerra, jugaron sus cartas.
Hubo fuegos artificiales, el cielo cubierto de humo,
un olor a pólvora inundó el aire,
aparecieron multitud de cadáveres con alas 
sobre el mar, la arena y en las calles,  
nidos desiertos, huevos rotos,
cuanto más injusto es el ataque
más injusta es la venganza.



FOTO- CICMAR-Centro de investigación y conservación marina


No hay comentarios:

Publicar un comentario

h